Cuando la mentira enseña la verdad.

Lo que vi en el debate entre Pedro Sánchez Pérez-Castejón y Alberto Núñez Feijo fue a un señor muy excitado -enfadado- y a otro con una sonrisa fina y autosuficiente. Lo que oí fue ruido. Mucho ruido sin control, sin propuestas, sin ideas. Un ruido falto de contenido, pero lleno de “mentiras, malditas mentiras y estadísticas” que diría Mark Twain.
Eso no fue un debate porque uno de los contendientes no fue a debatir. Fue a disparar una ‘ametralladora de falacias’ que es como se conoce a esa estratagema en el mundo de la comunicación: singular manera de debatir en la que no importan los hechos ni que los datos sean verdaderos, porque de lo que se trata es de aparentar. Aparentar que se controla la situación, que se tienen nervios de acero y el aplomo para ‘torear’ al rival llevándolo donde tu quieres. Torcer datos, ignorarlos, comparar series históricas dispares o con bases diferentes… todo vale y todo lo hizo: vamos que cuando el maestro explicó aquello de que no se pueden sumar peras y manzanas (salvo que lo que sumemos sea fruta), el niño Albertico no estaba en clase o no prestó atención.
Duele el aplomo con el que un señor que se ofrece como honrado para gobernar este país, usa la mentira, la media verdad o el silencio cómplice. Y es también una aberración intelectual que, para buena parte de los periodistas-opinadores de este país, ese coqueteo con la mentira pertinaz, así, sin despeinarse ni perder la sonrisa ni las chispitas del os ojos; esa capacidad de no sonrojarse con nada de lo que decía, sea sinónimo de victoria. Y que el niño Albertico sumando peras con manzanas saliera, a juicio de esta nube de periodistas-opinadores, investido presidente.
Alarma ver cómo esta mayoría de periodistas-opinadores han olvidado que la razón de ser del periodismo, de la información, es -precisamente- ofrecer los hechos y datos necesarios para que el ciudadano pueda conocer la verdad y pueda obrar de manera consciente y libre. No me corresponde juzgarlos pero, a lo peor, en esta realidad radica la razón de por qué la inmensa mayoría de los ciudadanos desprecien o ignoren el papel que los medios de información deben jugar en una democracia madura.
Porque la verdad es la verdad, la diga Agamenón o su porquero. Y la mentira -a sabiendas de que se está diciendo- retrata perfectamente al que la dice y al que la aplaude. Quizás nunca antes hayamos tenido la oportunidad de conocer tanto a un candidato a presidente como en este debate al niño Albertico. Porque tanta mentira nos acaba diciendo la verdad del personaje.

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