Perdonarse, renacer en el Camino y tanto da un año jubilar, dos o ninguno

Sea porque poderoso caballero sigue dando y quitando decoros y -como se malician algunos- por su amarillo en la sede Compostelana los hay dispuestos a hacer que Berenguela dé las 13 badaladas; o sea porque El Camino es realmente un bálsamo para el espíritu atribulado (tan necesario en estos tiempos de pandemia y alrededores cuando el bicho mata, sí, pero el pánico, la intransigencia, la violencia que lo acompaña hace la vida insoportable), lo cierto es que el año jubilar se multiplica. Así que en este 2021 y en el siguiente 2022, el peregrino que llegue a Compostela y cumpla con los ritos bien mandados, recibirá “singulares gracias espirituales” tal y como recuerda la web de la Catedral de Santiago.

No quiero juzgar la pertinencia de la decisión: sólo soy un peregrino enganchado en una vuelta del Camino, un hospitalero varado en mi aquí y en este ahora. Y solo sé que cada cual calza sus botas y cada quién sabe lo que lleva en su mochila. Que a cada uno nos pesa lo nuestro y que tropezamos, sí, pero tropezamos porque nos movemos alrededor de la Tierra (nosotros también, sí, como el herético Sol, aunque de forma distinta).

Y como sólo sé esto, lo que yo pueda decir del Camino no tiene ningún valor. O al menos no tiene más valor que lo que pueda decir cualquier otro con estas tantas o ninguna bota rota en el Camino, con estas tantas o con ninguna mochila colgada en la espalda. Aquí dejo sólo mis impresiones. Opiniones que no aspiran a ser dogma ni quieren servir para dar carnés de peregrinos, que doctores tiene la Santa Inquisición -mucho más diestros y siniestros que un servidor- prestos a hacer las leyes y las trampas; a dar y quitar indulgencias o compostelas (que aunque no es lo mismo, tanto les da si es al son de un agradable repiqueteo presumiblemente de una bolsa repleta).

Explican los que dicen saber de esto, que el año jubilar se concibió a imitación de lo que la Biblia cuenta que era el año Sabático que los israelitas celebraban cada siete años y en los que, los que habían perdido sus tierras las podían recuperar y los que penaban con la esclavitud alguna falta o deuda, recobraban la libertad. Y aunque el propósito de la celebración no levanta controversia, por mucho que ahora nadie recupere sus bienes perdidos, o la tan anhelada libertad… si tiene su controversia, y no deja de ser curioso, el momento inicial de los años jubilares: unos dicen que fue el papa Alejandro III con la bula Regis Aeterni el que los instituye en 1179; mientras que otros afirman que fue el Bonificio VIII el que los puso en marcha, a imagen y semejanza del año santo romano de 1300.

Sea la perra chica para unos o para otros, convengamos que, en ambos casos, la Santa se tomó su tiempo para hacer este regalo a los fieles. Para cuando lo hizo, las peregrinaciones sin jubileo ya eran cosa jubilosa, bulliciosa y popular. Así que me perdonarán si opino que mucho de este menudeo sobre los años jubilares y sus historietas, semejan más ser el trampantojo con el que jerarquías y dignidades vistieron sus vergüenzas cuando el niño fiel y peregrino gritó aquello de ‘vuecencia va desnudo’: para cuando ellos fueron, miles de peregrinos habían testado ya las bondades del Camino.

Tampoco deja de ser significativo que a estos años jubilares los vistieran con el nombre de ‘la gran perdonanza’: eran años en los que la persona que realizaba la peregrinación y cumplía con los ritos estipulados en cada momento -sí, las condiciones para recibir la indulgencia cambian según los tiempos-, redimía la vida pasada, renacía a una nueva vida.

Pero lo notable es el calificativo ‘gran’. Se me escapa si lo de ‘gran perdonanza’ era por la cantidad de fieles que redimían sus culpas o por la cantidad de pecados lavados en el Camino. Lo que parece evidente es que una perdonanza solo se puede considerar ‘grande’ si la ponemos en comparación con otra perdonanza considerada por el doctor de turno como de menor calibre. Y si esto es así, podemos suponer que para cuando se oficializan los años jubilares -en el mejor de los casos doscientos años después del inicio de las peregrinaciones- y se otorgan estas ‘gracias especiales’, ya son sobradamente conocidas y apreciadas las bondades ordinarias, sencillas, pequeñas… que el Camino creaba en el ánimo y en el espíritu del peregrino.

Habla de esto el sacerdote Alerto Royo Mejía en un artículo ya antiguo, de 2017, pero pertinente desde su título, ‘El año compostelano y la gran «perdonanza»’. En este texto Royo Mejía señala que mucho antes de llegar a Santiago de Compostela, el peregrino que se enfrentaba a un camino realmente incierto, ya “obtenía un resultado importante, que era el de conocerse a sí mismo y, conociéndose, llegar al arrepentimiento de las propias faltas”.

Esta es la virtud del Camino. Una virtud a la que las jerarquías le hacen el estuche de los años Jubilares y le ponen el lacito de la compostela a 100 kilómetros. Y es que el Camino es el escenario natural en el que, quién lo recorre con intención, puede encontrarse, conocerse y reconocerse. Es el lugar propicio para evaluar la vida pasada y visualizar la futura. El escenario para descubrir dónde nos hemos equivocado, dónde perdimos el rumbo y por qué lo hicimos. Y es el lugar en el que, con un poco de suerte, empezaremos a perdonarnos.

Perdonarnos a nosotros mismos es, creo yo, la verdadera gracia que nos regala El Camino. Tarea difícil. En el capítulo once de la segunda temporada de la serie ‘Hijos de la Anarquía’, uno de los personajes acude a un centro religioso donde adictos, víctimas de la violencia, etc, forman pequeñas comunidades de autoayuda. Este personaje habla con el responsable del centro: Francis, un cura, pastor, presbítero -no queda muy claro- exadicto. En esta conversación, Francis subraya que “Dios perdona absolutamente. Nosotros normalmente no podemos”; y explica “tardé mucho tiempo en escapar de la destrucción que creé. Hoy ayudar a los demás es lo que me permite mantener ese odio a niveles tolerables”. Nunca es fácil perdonarse, por mucho que sea la clave para renacer.

Es esto lo que Paulo Coelho describe de manera alegórica en su celebrada novela ‘El peregrino de Compostela’. En ella relata cómo el Camino trabaja los músculos del ánimo, los sentimientos y las emociones hasta abocarnos a una expiación catártica y a un renacimiento personal. Un renacimiento a la medida de nuestro momento, que se va forjando kilómetro a kilómetro, ante las adversidades externas, sí, pero sobre todo con y ante nuestros demonios internos.

Y todo converge en un renacimiento que no tiene por qué coincidir con los ritos catedralicios. De hecho, Coelho relata cómo su trasunto en la ficción, tras ‘macerar’ en el Camino y ya en tierras gallegas, sube a lo alto de una montaña donde ha visto una enorme cruz para tratar de rezar: “Señor -dije finalmente consiguiendo rezar- Yo no estoy clavado a esta cruz, y tampoco te veo ahí. Esta cruz está vacía, así debe permanecer para siempre, porque el tiempo de la Muerte ya pasó y un dios resucita ahora dentro de mí”.

Sí. Es el resucitar de lo sublime que tenemos dentro, el regalo que, con compostelas o sin ellas, con jubileos o sin ellos, nos da El Camino. Y por eso, sinceramente, tanto da un año jubilar, dos o ninguno.

Arre, 16/09/2021
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