¡Agua va!

I

No quiero firmar este relato porque sólo transmito lo que Fresno me contó mientras compartíamos un remanso del Ultzama en uno de estos días de epidemias en los que iba tejiendo almazuelas del Camino del Baztán.

Con los pies en el agua y recostado en las piedras calientes por Sol, entorné los ojos lo que me pareció un momento -aunque a decir verdad no lo sé bien- y me ocurrió como a Alicia: que de repente fui consciente de todo; de los susurros con los que Chopo y Aliso se saludan, de cómo Zarzal y Mimbrera se acarician a escondidas o de la libido subida con la que Rosal voluptuosa -sí, se siente mujer o así me lo dijo- ofrece a Viento sus flores.

Y por encima de todo aquel jaleo que atronaba la galería verde del río, sentí cerca, suave, honda y fresca la voz de Fresno.

II

Hubo un tiempo -dijo- en que Agua estaba feliz: hacía su camino ni lento ni rápido, ni antes ni después, tal y como tenía que hacerlo. Aprovechaba la pendiente que le había hecho Tierra para deslizarse bulliciosa y jovial entre las rocas, besar raíces, salpicar hojas sedientas y repartir vida a derecha e izquierda mientras buscaba el abrazo de Mar.

Un día Hombre llegó ante ella y le dijo: “perdona Agua que te moleste pero necesito tu ayuda. Tengo este grano que me ha dado Espiga y quiero convertirlo en harina para hacer pan. Se lo daré a mis hijos para comer y lo cambiaré por ropa y alimentos”. Agua se sintió feliz de poder ayudar a Hombre “Total -se dijo- si tengo que pasar por aquí, ¿qué problema hay en que eche una mano? ¡Además hombre parece buena persona y me lo ha pedido con amabilidad!”. Y así Agua dejó que Hombre usara la imponente fuerza de sus saltos para mover una enorme piedra de molino .

Y Hombre desde entonces tuvo harina y pan para sus hijos y tuvo harina y pan para cambiarlos por alimentos y por ropa. Pero además, gracias a la ayuda de Agua, Hombre también tuvo tiempo. Tiempo para querer a sus hijos y para ayudar a sus vecinos de tal manera que, cuando murió, todos celebraron su vida como una vida buena y completa.

Sucedió entonces que los hijos de Hombre pensaron que con más Agua podrían moler más grano y tener más harina y hacer más pan y cambiar la harina y el pan por muchas otras cosas. Y aquello les pareció una idea fantástica.

Así que -sin pedir el permiso de Agua ni el de Bosque, ni el de Tierra- los hijos de Hombre arrancaron piedras y talaron árboles y levantaron una gran pared para encerrar a Agua entre montañas. Y aunque apenas dejaron que un hilito húmedo siguiera su camino buscando el abrazo de Mar, los hijos de Hombre vieron todo eso como un gran paso en su historia porque habían conseguido que Agua trabajara según sus caprichos.

Y con el agua presa y esclava, los hijos de Hombre aprendieron también a acaparar: no usaban todo el agua que retenían ni todo el grano que conseguían ni todas las frutas y hortalizas y ropa y animales que intercambiaban. Y como no podían guardar todo lo que conseguían a cambio de Agua y de su fuerza -porque las cosas de la naturaleza son sabiamente finitas- los hijos de Hombre inventaron el dinero: una especie de ‘almacén en representación’ de todo lo que no se puede usar o consumir de manera inmediata. Por eso, en adelante, en vez de alimentos y ropa y tiempo, los hijos de Hombre acapararon dinero que guardaban “para usarlo después”, y “para usarlo en otras cosas” que ya no necesitaban.

Y como tenían algo que no se estropeaba, los hijos de Hombre se creyeron más importantes que Agua, y que Tierra, y que Espiga y que Bosque y emplearon todo su tiempo, su ingenio y sus fuerzas en acaparar más y más dinero y se convencieron de que eso era vivir.

Ocurrió entonces que los hijos de Hombre que todo lo tenían y todo lo querían y pensaban que eso era vivir, comían mal y engordaban y cegaban sus venas con grasa y se olvidaron de alimentar bien a sus hijos e inventaron la mentira para engañarse y quitarse unos a otros el dinero. Y ocurrió que ya no tenían tiempo para bailar con Luna ni para amar ni para jugar con sus hijos ni para ayudar a sus vecinos. Y ocurrió que cuando los hijos de Hombre murieron de un ataque al corazón, los nietos de Hombre corrieron a repartirse el dinero y enseguida empezaron a olvidarlos.

Los nietos de Hombre que habían aprendido que lo importante era tener y guardar dinero, pronto vendieron la cárcel de Agua a unos mercaderes de electricidad que la hicieron más grande, se llevaron la fuerza de Agua a miles y miles de kilómetros y dejaron aquel hilito húmedo que buscaba el abrazo de Mar en un breve testimonio ocasional. Y aunque los nietos de Hombre ahora tenían dinero y cosas brillantes y cosas caprichosas y una vida frenética llena de artilugios que la hacían más rápida, fascinante y emocionante, sin darse cuenta de cómo ni atender al cuándo, ocurrió que para mover la piedra de su molino ya no tuvieron Agua y necesitaron pagar a los mercaderes de electricidad.

Y ocurrió entonces que una noche -las tragedias creadas por la incapacidad de los nietos de Hombre siempre ocurren de noche- reventó la cárcel de Agua y lo arrastró todo.

Y cuando murieron los nietos de Hombre, todo el mundo pensó que había sido una terrible desgracia que nadie había podido prever porque la naturaleza es impredecible. Y con sentimiento de culpa, les hicieron un monumento de piedra negra y pulida que pronto quedó cubierto por la maleza y empezaron a olvidar sus nombres.

III

Agua, en otro tiempo feliz, languidecía. Presa, no le dejaban seguir su viaje ni lento ni rápido, ni antes ni después, buscando el abrazo de Mar. Y Agua, que en otro tiempo había ayudado feliz a Hombre, fue condenada a saltar al capricho de los hijos de Hombre. Y Agua en otro tiempo generosa con Hombre, fue sometida según el antojo de los nietos de Hombre.

Por eso Agua estaba deprimida. Por eso había dejado de llover y de regalar vida. Y Aire que no soportaba verla tan triste y Tierra que no aguantaba verla sometida, decidieron ayudarla a escapar.

Así que entre los tres, ni lento ni rápido, ni antes ni después, como ocurren las cosas en la naturaleza, como se hacen las cosas bien hechas, minaron la obra de los hijos de Hombre: pudrieron la madera muerta de tantos árboles talados sin permiso, disolvieron la piedra que habían arrancado también sin permiso de las entrañas de Tierra y removieron incansables los lechos donde se asentaban los muros de la cárcel hasta que una noche -las tragedias creadas por la incapacidad de los hijos y nietos de Hombre siempre son de noche- reventaron las paredes de la prisión y salió Agua desbocada.

Dicen que los nietos de Hombre la vieron bajar terrible y despiadada pero en realidad Agua cantaba feliz por su libertad recién recobrada.

Dicen que los nietos de Hombre fueron arrastrados y despedazados pero Agua no pensó en hacer daño alguno: sólo pensó en limpiar el camino mientras corría a la búsqueda del abrazo de Mar y lo hizo con la alegría y determinación con la que limpia su casa el que regresa tras un largo viaje.

Dicen que testarudos y arrogantes, los descendientes de Hombre dijeron que aquello no volvería a pasar y levantaron otra cárcel de agua más imponente porque los descendientes de Hombre siguen pensando que hacen cosas grandes para vidas grandes.

ESCRITO EN ARRE EN MAYO DEL 2020
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