¿Que por qué Meloni -y todos sus semejantes- me dan miedo?

Yo si estoy preocupado por la llegada de los neofascistas al poder en Italia.

Sí, oigo decir -especialmente las personas de centro derecha, derecha y extrema derecha- que ‘estas ovejas no son aquellos lobos’ y que no es para echarse a temblar. Pero sospecho que lo dicen con un ojo puesto en futuros pactos de gobierno y el otro ojo, el vago, perdido en el recuerdo de la tienda donde se compraban aquellas viejas camisas nuevas… Sospecho que lo dicen con bocas pequeñas, cruzando los dedos por la espalda y pensando -otra vez- que siempre serán mejor estos lobos (y un poco de orden) que esos rojos desdiosados y caóticos.

Pero que estas ovejas no sean aquellos lobos todavía está por descartar. Y, entre tanto, este ejercicio de amnesia intencionada que practican duele porque lo que esconde la frase es, simplemente, que el neofascismo está en el poder en un país de la Europa occidental y democrática. En un país de esta Europa que creíamos vacunada de tonterías a sangre y fuego tras la segunda guerra mundial y la guerra fría.  Que ‘estas ovejas no son aquellos lobos’, pretende olvidar que aquellos lobos también tuvieron ademanes democráticos; que se presentaban a elecciones e, incluso, las ganaron y que gobernaron antes de quitarse el abrigo de corderito.

Y aquellos lobos, hay que recordarlo, se reivindicaron como las ovejas necesarias para cambiar el sistema político-económico que un tal Adam Smith había parido y que empobrecía de manera brutal a la gente normal mientras los de siempre hacían caja como nunca. ¿Les suena la situación?

La Italia -la Europa- de Mussolini se explica en términos sociales por una desigualdad feroz: hay hambre. El siglo de las revoluciones liberales -guerras al fin y al cabo con el colofón de la primera guerra mundial- ha dejado a los pueblos exhaustos, desencantados con la política y, sobre todo, hartos.

En términos económicos en aquella Europa el agricultor, el ganadero, se ve obligado a malvender su producción a especuladores y transformadores que acaparan las materias primas y alteran el precio del mercado. También hay un estancamiento del comercio internacional: no son competitivos vendiendo fuera y, finalmente, la desigual distribución de beneficios (y de cargas) en los procesos productivos genera más y más pobreza, más desigualdad y hastío.

Y en esta olla a presión, Mussolini coge sus ideas socialistas de primera generación (suma a Hegel, a Nietzsche y Marx); los cocina con el ‘idealismo real’ de Gentile; y lo sirve bien condimentado con ideas nacionalistas y tradicionalistas que tanto tranquilizan a las familias bien de toda la vida. Esta es la receta con la que aúpa a su fascismo y toma el gobierno de Italia.

Si nos paramos a pensar, nuestra situación (y la que impulsa la victoria de Meloni) es muy parecida: estas ovejas llegan al poder cuando sumamos una tercera gran crisis en apenas 15 años (subprime, covid y guerra de Ucrania) generadas todas por el neocapitalismo feroz. Sí. Por el neocapitalismo feroz: la primera es originada por la voracidad de los buitres de la especulación inmobiliaria. La segunda -en el mejor de los casos y en el país que ha inventado el Capitalismo de Estado- es hija de una zoonosis ocasionada por la sobreexplotación de los recursos naturales. Y, finalmente, esta tercera crisis es, simplemente, la consecuencia de abandonar principios tan fundamentales como la ‘soberanía energética’ y la ‘soberanía alimentaria’ en beneficio -capitalista- de los mercados globales.

Y el resultado de todo esto es que:

Uno. Como en tiempos de Mussolini, tenemos una crisis en el sector primario. No sólo por escasez coyuntural (por la sequía y el precio de los combustibles), sino estructural: hemos abandonado nuestro campo, tenemos que comprar casi todo fuera y el productor apenas consigue beneficios -más allá de las bonificaciones que regala sin criterios de eficiencia la Unión Europea-. Y mientras esto ocurre, en el mercado, el supuesto valor añadido de la cadena de transformación y distribución lo encarece todo de manera arbitraria, alarmante y prohibitiva para el consumidor.

Dos. Al igual que en la Europa de Entreguerras, el comercio exterior está fundido. Para Europa ahora no es posible recurrir a mercados exteriores -como si ocurrió en la crisis de las subprime- para hacer frente a las dificultades exteriores. No es posible porque no hay comprador: los mercados están cerrados debido a la incertidumbre. Y si hubiera comprador, nuestro producto sería el más caro dada nuestra gran dependencia energética. Y, por mucho que se empeñen, ahora la falta de competitividad no la podemos solucionar ni subiendo tipos -maniobra clásica que castiga siempre al que no tiene músculo financiero; es decir al pequeño, al pobre, a la economía familiar- ni atornillando a la baja los salarios ya minorados de manera sangrante durante las dos crisis precedentes.

Y tres. No hace falta casi comentarlo: al igual que en la Europa en la que crecieron los totalitarismos, el aumento de las desigualdades es notorio. Evidente. Alarmante. Y ya no vale el ‘nadie se quedará atrás’ porque durante los últimos 15 años, con la misma sonrisa con la que acudieron a salvar a los que crearon el desastre de las subprime, han dejado en la estacada a miles de ciudadanos para los que no hay segunda oportunidad que valga, ni rescate, ni esperanza. No. Ya no cuela.

Y de todo eso; evidente: tenemos una sociedad en la que crecen el desamparo y las desigualdades, una sociedad exhausta de esta crisis continua -por fascículos, si se quiere ver así- pero con un único hilo conductor: la devastación que deja el neocapitalismo salvaje; y una sociedad harta, cansada de la incapacidad del sistema político para dar respuestas eficaces a sus problemas reales. Repitiendo la historia, es una sociedad abocada a echarse en manos de mesías y redentores.

La solución se bifurca entre los secuaces de Adam Smith que todo lo solucionan con más capitalismo y medidas de corte monetario (lo que llaman una política económica ortodoxa, con subidas de tipos, control salarial, etc) y los que van a decir que mejor nos apañamos solos: autarquía que es, justamente, lo que hizo Mussolini para sacar a Italia del fango donde se encontraba. Bueno, autarquía, sí, y una buena dosis de imperialismo expansionista para mejorar la autoestima, buscar un chivo expiatorio al que colgarle los pecados colectivos y atizarle duro hasta alcanzar la catarsis popular. Y por eso Meloni (y sus semejantes en toda Europa) me dan tanto miedo. Porque no son la solución, pero parecen la solución cuando la única alternativa que ofrecen es ‘más de lo mismo’, sonrisa y el vacío ‘nadie se quedará atrás’.

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